De la sección Copiar/Pegar: Rosario Vidal, la Industria del Cine y el Estado mexicano



Porfirio Díaz, el gobernante que menos censura infligió al cine.
Por Sergio Raúl López


(El Financiero, Cultura. 17 de enero de 2011)


En la ciudad de México se estrenaron 521 filmes, de los que prácticamente la mitad –228– eran estadounidenses, y menos del 3 por ciento (15 filmes) era producciones mexicanas. ¿Hablamos del fatídico 1993 o de algún otro año de esa sempiterna crisis de la industria mexicana? No, sino del constitucionalista 1917. La cíclica historia del cine mexicano.


Cierto: en la actualidad menos del 10 por ciento de los estrenos que llegan anualmente a la cartelera mexicana –conformada por más de cinco mil pantallas– son producciones nacionales en un mercado dominado por los contínuos estrenos hollywoodenses, ya sin hablar de las más apabullantes cifras de ganancias en taquilla: de los 190 millones de boletos vendidos en 2010, sólo diez millones fueron para cintas nacionales.


Pero lo que en todo caso sorprende es descubrir que dicha situación imperaba incluso en la primera década del siglo XX; es decir, en los tiempos de en que los pioneros cinematográficos como los Hermanos Alva, Salvador Toscano, Enrique Rosas y otros, el público mexicano tenía acceso a muchas más producciones extranjeras que locales. La cantidad de estrenos en la capital mexicana ocurridos en el sexenio de 1912 a 1917 fue de mil 293 cintas, de las cuales nada más 27 eran mexicanas: menos del 5 por ciento. Y para el quinquenio siguiente, de 1918 a 1922, la situación se mantuvo prácticamente igual: de los mil 455 estrenos, únicamente 52 fueron filmes mexicanos, poco arriba del 3.5 por ciento.


Tales datos hablan claramente de la dependencia no sólo tecnológica y de materias primas que el cine mexicano ha sufrido en poco más de un siglo de existencia, sino de la importancia que ha significado en materia de público para los productores extranjeros, principalmente Estados Unidos.


–No hay que olvidar que, en un momento– explica la investigadora Rosa Vidal Bonifaz–, la entrada de divisas más grande en el país, después del petróleo, llegó a ser el celuloide. Y pienso que todavía puede serlo, que debería de serlo, y no sólo el cine sino muchas otras producciones; pero es algo que, en un país gobernado por la derecha, nuestras autoridades actuales desafortunadamente no entienden ni entenderán, porque además lo ignoran.


Fruto de diez años de trabajo de Vidal Bonifaz es el profuso volumen Surgimiento de la industria cinematográfica y el papel del Estado en México (1895-1940), editado hace unas semanas por Miguel Ángel Porrúa. En él se realiza un recorrido por los diversos periodos presidenciales y su relación, escasa o notable, con la producción fílmica mexicana, la creación de leyes, de instituciones, de fondos de apoyo o de la censura, además de cómo se creó la clase empresarial de este ramo e incluso un imaginario nacional oficial.


La investigadora fue asistente durante largos años de Emilio Garcia Riera y luego de Eduardo de la Vega Alfaro, en el Centro de Investigación y Estudios Cinematográficos (CIEC) de la Universidad de Guadalajara. Así que cada que viajaba a los diferentes archivos en busca de información para diversas publicaciones como la Historia Documental del Cine Mexicano o la Historia de la Producción Cinematográfica Mexicana, se topaba con cierta información sobre el tema de los productores de cine, un área que prácticamente no se ha trabajado en la historiografía del cine mexicano.


–¿Qué tanto fue regulándose la cinematografía y construyéndose la industria desde el gobierno mexicano en esos primeros años?

–Yo creo que el gobernante que menos censura tuvo con el cine fue Porfirio Díaz, porque lo que le interesaba era mostrar su imagen y los logros de su gobierno, pero poco a poco, en los diferentes regímenes, comenzó a darse la censura. Después hubo diversos intentos de hacer una ley cinematográfica hasta que, finalmente, se fue regulando lo que en un principio era un fenómeno muy pequeño que nada más se preocupaba por mostrar imágenes. Por otro lado, al desarrollarse surgieron los sindicatos, las asociaciones y terminaron por dividirse: por un lado los trabajadores y por el otro el capital; es decir, productores y directores. Queda bien establecido quién pone el dinero y quién va a decidir la producción.


–¿Qué tan grande era la influencia de Hollywood en esos años incipientes?
–Pienso que más bien nos nutrimos del cine italiano. Las primeras divas en México no fueron de Hollywood, sino italianas. Mimí Derba, por ejemplo, quería ser como una diva italiana, una Pina Menichelli, y esa influencia era más fuerte [una tabla del libro muestra que entre 1912 y 1917 se estrenaron 569 cintas italianas, 697 de otros países y 27 mexicanas].


–Esa situación no se ha modificado demasiado hasta la fecha.
–Es muy difícil. Luego trato de entender a un empresario como José Díaz [director de la cadena Lumiere], que se preocupa por el cine mexicano, pero las mismas distribuidoras Majors le exigen no sólo programar tal película a exhibir, sino un paquete completo durante cierto tiempo específico y si no marchas no tienes las películas grandes. Jorge Fons estrenó su El atentado en diciembre (¿¿??)1, temporada en que los estudiantes entran a clases; no hay dinero y con los salarios de este país la gente no puede pagar su entrada. ¿Por qué el miércoles no puede ser 2×1 para el cine mexicano a pasto y que quien lo exhiba quede exento de un porcentaje de impuestos? Creo que hay fórmulas, pero el Estado no está interesado, y los productores mexicanos afirman que el cine mexicano no es rentable y no es negocio.


–¿Cómo resumir la historia de la relación entre el Estado y el cine mexicano?

–Creo que la relación cine y Estado se da justo en este periodo que abarca mi libro, previa a la Época de Oro, porque con Lázaro Cárdenas ocurrió una serie de acontecimientos que permitió el surgimiento de esta industria. Y el siguiente periodo fuerte es con Luis Echeverría, gracias a que su hermano era actor. El tema es muy complejo, ya que tiene muchas aristas.


Desinterés estatal y público perdido.


Trabajar tan de cerca, tanto en la Universidad de Guadalajara como en la Cineteca Nacional, los enciclopédicos trabajos de la historia documental del cine mexicano, principalmente al lado de Emilio García Riera, permitió a Rosario Vidal Bonifaz descubrir un hueco informativo más allá del número de películas producidas, de la biografía de los directores y el análisis fílmico: ¿qué factores políticos y sociales permitieron el surgimiento de una industria cinematográfica en nuestro país?


–¿Cómo hacemos para explicarnos esta conjunción en la que, por fin, un Estado se interesa por su cultura, en la que debiera estar interesado siempre? Ahora que el país está gobernado por la derecha, no está interesado. En la época de Lázaro Cárdenas ocurrió una serie de acontecimientosque permitió el surgimiento de esta industria (entre ellos la llegada del sonido), nos forzó a tener que entendernos y vernos a nosotros mismos. no que otro país viniera a decirnos qué y cómo somos. Además, nuestra imagen estaba muy deteriorada en el extranjero, porque veníamos de una Revolución, del país de los mugrosos y los matones. Otra parte que no se había trabajado profundamente es qué porcentaje de películas llegaban a cartelera. El libro revela que el público mexicano veía sólo 4 por ciento de cine mexicano entre 1912 y 1917.


–La producción de cine está muy separada del ámbito de la distribución y la exhibición. El público accede a la producción reciente por la piratería y la televisión, no por los cines.
–No es posible que yo pueda ver una película en mi casa por 20 pesos, donde además la va a ver toda mi familia , y puedo preparar mis palomitas, comparado con lo que me cuesta la entrada de cine. El Estado tendría que regular. Porque ver cine no debe resultar tan caro. La salida en DVD también podría ser más económica, pero se interpone el lucro, los muchos intermediarios, además de que la mayoría de los distribuidores de cine mexicano son las grandes cadenas estadounidenses. Si puedo conseguir en el mercado pirata la película en 20 pesos, no es posible que la original me cueste 150.


–Rafael Aviña puntualiza en el prólogo que al cine mexicano se le olvidó su bis popular y ahora se producen películas para públicos pequeños.

–Es un problema cultural. Las personas que durante largo tiempo consumían cine mexicano no pertenecían a la clase alta sino a la media y la baja, y funcionó. Pero después hay otra vez un quiebre. Ya ni encontramos la fórmula para que consuman nuestro cine. Ahí es donde pierdes al público. (SRL)



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